Plaza de la Iglesia de Lilla
“Escultura para una voz que guía”
Esta escultura se abre con una clave de sol. No es casualidad: es el inicio, el impulso, la mano que abre la puerta del canto. De su trazo nace el pentagrama, camino vivo que atraviesa el aire y el tiempo.
Dentro de él, las notas no son solo música: son voces de un pueblo firme que, durante treinta años, ha cantado lo que no se puede decir con palabras.
Detrás de este trazo musical, cuatro figuras toman forma.
No tienen rostro, pero tienen voz.
Esta obra es un homenaje a una coral, sí.
Pero también es un gesto hacia quien ha sabido escuchar antes de dirigir, quien ha dado entrada al silencio y ha tejido armonía con el gesto.
No representa un instante, sino una continuidad.
No cierra, sino que abre, como toda música que nace del corazón.
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